Esta sería la última vez que los seis comensales disfrutasen juntos de su tradicional encuentro navideño. Por obra de un macabro plan, el anfitrión y la anfitriona, la hija, la socia y su marido, y el cocinero no volverían a reunirse jamás.
Como acostumbraban desde hacía diez años, cada uno de los comensales había llevado alguna vianda; una vez las hubieron degustado, se sentaron alrededor de la chimenea y conversaban animadamente. Al cabo de diez minutos, el anfitrión anunció sentirse indispuesto y se retiró a su recámara.
Al volver estaba pálido. Parecía haber envejecido repentinamente.
—Perdonad que os interrumpa —dijo—. Ha ocurrido algo horrible.
—¿Qué pasa? —contestó la anfitriona.
—Lo que veis ante vuestros ojos no es más que mi fantasma. He muerto y mi cuerpo yace sin vida sobre mi cama.
Las manos de unos se fueron a la boca, las de otros a la cabeza. La anfitriona gritó y se marchó al dormitorio para comprobar la certeza del anuncio. Los demás se miraban sorprendidos, pues el anfitrión era persona adusta y no dada a bromas.
Cuando la anfitriona volvió, su desconsolado llanto confirmó la noticia.
—Ya no hay nada que se pueda hacer por mí —dijo el anfitrión—. Ignoro si se debe a que en este instante pienso como espíritu, pero percibo los hechos con claridad deslumbrante. Os pediré, como deseo póstumo, que nos sentemos a la chimenea y me permitáis ordenar en voz alta mis pensamientos.
Como quiera que nadie quiso llevarle la contraria a un declarado fantasma, se sentaron y escucharon.
—En primer lugar os explicaré por qué estoy convencido de que os habla un fantasma. De alguna manera, dentro de mí se ha desvelado que el hecho de fallecer el día de Navidad ha hecho posible que mi espectro pueda comunicarse con vosotros. ¿Durante cuánto tiempo? No soy capaz de determinarlo, así que conviene darse prisa para resolver este crimen.
—¿Un crimen? —preguntó la socia.
—Sí. Me han asesinado. Y el causante se encuentra entre nosotros.
Después rogó a su joven hija que dejase a los adultos a solas antes de continuar su disertación.
«Me he sentido formidablemente fuerte en los últimos tiempos. El chequeo médico al que me sometí hace diez días para un seguro de vida corrobora esta sensación. No he sufrido síntomas de mal alguno hasta que nos hemos sentado en la chimenea y me ha sobrevenido el primer retortijón. Como hay prisa os pido que no me interrumpáis cuando diga que uno de vosotros me ha envenenado.
»Entiendo la sorpresa. Lo lógico en un caso así sería acusar al cocinero. Pero, ¿qué ganaría él aparte de perder su empleo? Es uno de los cocineros mejor pagados de la ciudad. Además, ha sido mi hija quien ha servido mi plato. Tal vez si hubiera servido mi mujer podríamos sospechar de un affaire entre ambos. Pero ella no ha servido y sabe que yo me disponía a firmar el cuantioso seguro de vida en el plazo de una semana. Si su plan era asesinarme, habría esperado. Con esto los eximo a ellos tres de cualquier sospecha».
La socia y el marido se miraron nerviosos. Ella se levantó de su asiento.
—¿No estarás diciendo qué…?
—Que vosotros me habéis envenenado —interrumpió—. Todos sabemos de vuestras deudas y de hasta qué punto mi muerte ha solucionado vuestros problemas. ¡Ahora eres la única dueña del negocio!
—¡Esto es indignante! —exclamó el marido.
—¿Acaso no es mentira que tú eres farmacéutico y tienes acceso a mil tipos de ponzoña? ¿Y no es menos cierto que tu mujer me ha traído hoy una botella de hidromiel a sabiendas de que sólo me gusta a mí?
—¡Esto es absurdo! —reivindicó la socia.
—¡Demostradlo!
La mujer se lanzó a la licorera, cogió la botella de hidromiel, llenó dos chupitos y, tras beber del primero, entregó el segundo a su marido, que hizo lo propio.
—Enseñémosle al fantasma lo equivocado que está.
En un instante, el rostro de la socia adquirió el color de una ciénaga. Su marido la acompañó. Ambos se llevaron las manos a la garganta y sus cuerpos cayeron sin vida junto a la chimenea.
El resto contempló la dura escena sin sobresaltos.
—Ha salido mejor de lo previsto.
El anfitrión dijo aquello con parsimonia, mientras volvía a la vida a medida que se limpiaba el maquillaje con un algodón que sacó del bolsillo.
—Amigo cocinero, lleva los cuerpos al bosque y entiérralos a buena profundidad. No olvides arrojar allí el frasco de veneno que escondí tras la licorera. Más tarde te daré lo prometido. Tú, querida esposa, sube a la habitación de nuestra hija y explícale que todo ha sido una broma. Después celebremos juntos que se acabaron nuestros problemas y que la empresa es ya sólo nuestra.
Y así hicieron.
Pero algo más ocurriría.
Aquella noche, cuando todos dormían, la casa se prendió en llamas. Bajo un fuego espectral ardieron los muebles, las cortinas, el suelo y las paredes. Ardieron los cuerpos de los anfitriones y el del cocinero. Sólo la hija logró escapar de la muerte. Según contó, debe su vida a dos pálidas figuras que la sacaron a rastras de la cama y la alejaron del infierno. Las identificó sin dudar como la socia y su marido y, aunque nunca más se supo de ellos, algunos vecinos aseguraron haberlos visto aquella noche en mitad de la calle. Observaban inmóviles las llamas consumían la casa.
Sabemos que eso sería imposible.
Salvo por un milagro del día de Navidad.